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Siete mesas de billar francés
Ángela y su hijo Guille viajan a la gran ciudad ante la repentina enfermedad de Leo, padre de ella y abuelo del chaval.
Cuando llegan, poco después del caluroso amanecer de un día de verano, Leo acaba de morir.
Es Charo, amante del difunto, la que pone a Ángela al corriente de la ruina del negocio paterno: un local en el que se alinean siete mesas de billar francés que con el paso de los años fue perdiendo lustre, clientela y dinero. Para Charo, la única solución ante la deuda es vender.
Poco después, como si el destino viniera a confirmar que las desgracias llegan de tres en tres, Ángela tiene noticia de que su marido ha desaparecido en oscuras circunstancias.
A partir de esta dolorosa realidad, Ángela se empeña en salir adelante y reconstruir su vida.
Y lo primero que decide es emplear sus ahorros en volver a poner en marcha el viejo local de las siete mesas.
Lo inmediato es modernizar el negocio. Lo siguiente, volver a reunir el equipo de billaristas que capitaneó su difunto padre. Porque Leo le enseñó desde pequeña que unos billares sin equipo en la liga no son nada.
La búsqueda de Ángela le llevará a vivir distintas situaciones. Unas muy cercanas a la risa. Otras al borde del llanto. Lo mismo que su cotidiana relación con Charo, a medio camino entre lo trágico y lo cómico.
Y además, como testigo privilegiado de los acontecimientos a los que se enfrentan los adultos, los ojos del niño Guille que buscan acostumbrarse a los nuevos rostros que irá conociendo a lo largo de un verano que cambiará su vida.
NOTAS DE LA DIRECTORA
Un año atrás, justamente hoy, comenzamos el rodaje de Siete mesas de billar francés. Su sinopsis más breve y esencial surgió durante un viaje en tren. Escribí unas líneas en el móvil –algo así como “ dos mujeres bien distintas están condenadas a entenderse ante la ruina emocional y económica que amenaza sus vidas”- y poco después David Planell y yo volvíamos a reunirnos para tratar de dar forma a lo que me rondaba la cabeza.
Diez meses de trabajo en guión y diez semanas de rodaje han dado como resultado esta película - sin duda heredera de mis anteriores trabajos- pero en la que hemos procurado ir un poco más allá, dar una paso adelante en el intento de acercarnos a los problemas de gente corriente sin dejar al margen una forma de humor o cierta ironía que, en la vida real, afortunadamente, también puede surgir en medio del desastre (o tal vez debiera decir del aparente desastre).
He intentado, quizás con más intención que nunca, construir “Siete Mesas de billar francés” con personajes de carne y hueso, cercanos, reconocibles. Y que esos personajes, a cuestas con sus virtudes y miserias, sus luces y sombras, aprendieran a reencontrase con lo mejor de ellos mismos y superar su delicada situación de partida.
¿Final feliz?. Más que feliz o infeliz, en todo caso prometedor para los protagonistas de esta historia. Y espero que así lo entienda también el espectador.
Estoy de acuerdo con Almudena Grandes cuando dice que no hay ficción sin memoria. Esta película, como las anteriores que he rodado, ha surgido de la imaginación y también de experiencias cotidianas, tanto mías como de personas que me son cercanas. A veces resulta sorprendente descubrir cuánto podemos almacenar en nuestra cabeza sin saber que un día, tal vez, lo que ha permanecido ahí dormido termina por convertirse en el germen de una película, de una secuencia o de un simple dialogo entre personajes.
Pero así sucede muchas veces.
En el mejor de los casos - y ahora quiero ser optimista- espero que semejante proceso haya contribuido a hacer de “Siete Mesas de billar francés” una película que este cerca de aquellos que se sienten a verla, cerca de sus pesares y sus ilusiones, de sus miedos y sus esperanzas.
Tan cerca, si eso es posible, como lo ha estado de aquellos que hemos contribuido a hacerla.
Gracia Querejeta.
Cinebso.com
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